sábado, 27 de junio de 2015

Sendero del río Chillar (Nerja)

Conocimos esta ruta por casualidad. Nuestras hijas nos habían regalado por mi santo un fin de semana en Nerja. Y planificamos un viaje típico: las cuevas, Frigiliana, terrazas... Y como nos quedaba libre la mañana del domingo, nos dio por poner en google "senderismo en Nerja" y apareció una de las rutas más bonitas que hemos hecho hasta ahora: "los cahorros del río Chillar".
Es un recorrido de dificultad baja en el que vas viendo, durante todo el trayecto, a mucha gente. Personas de todas las edades, desde señoras de ochenta años hasta niños que disfrutan como niños con sus pies metidos todo el tiempo en el agua.
Estábamos hospedados en un precioso apartamento de Nerja (Resort), que sin planearlo, estaba a quinientos metros del aparcamiento donde comenzaba el camino. Para llegar hasta allí, tienes que poner en tu navegador: Nerja, Calle Mirto. El ayuntamiento ha acondicionado una pequeña parcela para que los domingueros pasemos un día difícil de olvidar. Desde allí hasta el río no tienes más que seguir un carril asfaltado de unos dos kilómetros. Si te levantas temprano o vas un día lavorable, puedes ahorrarte esta distancia, porque al final hay un pequeño aparcamiento donde caben muy pocos coches. Mientras bajas te sorprendes al ver una gran cantidad de zapatillas que cuelgan de los cables. Lo entenderás más tarde. Y es que parece que la humedad constante despega las suelas de las zapatillas y te puede fastidiar el final de la ruta. A lo mejor es buena idea llevar unas de repuesto.
Al principio, el río corre por una zona ancha y apenas se aprecia un leve reguero de agua. Pero según vamos caminando, el camino se va haciendo más estrecho y el agua se sitúa a nivel de los tobillos. En esta parte del camino, se puede avanzar muy rápidamente si tu mujer no hace una foto a cada flor, a cada insecto...
El primer gran punto a destacar es una cascada no demasiado importante. Desde aquí, apenas un cuarto de hora después, se llega a los cahorros. Durante varios tramos caminaremos casi encajonados entre altas paredes de roca por donde el agua lleva ya un nivel importante, casi nos ll
ega a la cintura.
Sin ninguna duda, este es uno de los encantos de la ruta. La separación entre muros, en ocasiones, es de unos dos mentros. La pendiente no es demasiado grande por lo que el camino no se hace en ningún momento difícil.
Una vez que hemos sobrepasado el primer tramo de cahorros, el camino empieza a ascender de forma progresiva y las rocas se hacen más presentes y el camino se incomoda. No demasiado, pero el riesgo a un resbalón se va haciendo cada vez más probable.
Pronto encontramos una poza natural que todo el mundo aprovecha para darse un primer chapuzón. Parece ser que luego hay otras, pero para nosotros, esta fue el final del camino. Habíamos comenzado la ruta muy tarde y habíamos caminado muy despacio, disfrutando de todo lo bonito que la naturaleza, en este lugar, nos ofrece. Eran ya las tres de la tarde y teníamos que volver a Chiclana. Así que paramos a almorzar y comenzamos el camino de vuelta, pero con el propósito de volver para hacerlo completo con la cámara de vídeo en ristre.
La vuelta es un poco más complicada que la ida. No sólo porque ya vas más rápido, sino porque siempre es más complicado bajar que subir. Fue en ese momento cuando vimos vajar a cuatro señoras de mucha edad que habían llegado hasta el final y que nos sacaron un poco los colores. Venían las pobres agotadas, y tuvimos qu
e ayudarlas duralte algún tramo que ya se les hacía muy difícil. Pero fue toda una lección de actitud.

Cascadas del Huéznar.


Llegamos a Cazalla de la Sierra y aparcamos el coche junto a un parque infantil que hay a la entrada del pueblo. Cogimos nuestros bártulos y empezamos a buscar el comienzo de la ruta. Menos mal que vimos a dos ancianos muy amables a los que preguntamos, que si no... Había que cruzar el pueblo entero y seguir unos ocho kilómetros en coche, hasta llegar a la antigua estación de Ferrocarril. Aparcamos justo antes de entrar en el puente de los 3 ojos que cruza el río en ese lugar. Lo atravesamos y seguimos por la carretera de Constantina casi un kilómetro hasta llegar a unas señales que nos avisan del comienzo de nuestra ruta. Al principio es una senda ancha que coincide con la cañada Real Ribera del Huéznar y que discurre junto al río Huéznar hasta llegar un área recreativa justo después de un pequeño aparcamiento que es el kilómetro cero de la ruta. La vegetación de ribera se desarrolla con mucha potencia a nuestra izquierda, donde aparecen fresnos, álamos, chopos, sauces y alisos en un perfecto orden natural. En la parte derecha se abre una dehesa de encinas y alcornoques con pastizal para el ganado. La senda empieza a alejarse algo del río y nos vamos cruzando con ciclistas que nos van a ir acompañando a lo largo de todo el camino. Al llegar al kilómetro 4 nos encontramos un pequeño puente para descansar y hacernos una bonita foto. Justo en ese momento entramos, girando a la derecha, en la antigua vía férrea, ahora transformada en un carril asfaltado, que nos va a acompañar hasta el final del camino. Al término de cada tramo, cuando se va cruzando con la carretera, podemos ver las traviesas de madera que nos recuerda cuál fue su disposición original. Las vistas son preciosas, a derecha y a izquierda. Casi todo el trayecto vamos acompañados de una carretera que va a llegar hasta el monumento natural que vamos buscando. Cruzamos el típico puente ferroviario de hierro, una dehesa repleta de encinas y habitada por cerdos que buscan inquietos las bellotas que se esparcen por todas partes. A cada kilómetro, encontramos un banco en los que reponer fuerzas y descansar de la dureza del camino. Justo después de llegar al kilómetro diez, se nos aparece un precioso túnel de 114 metros de longitud, conocido como de “Los Molinos”. A la salida del túnel, continua la vía verde, pero nosotros seguimos a mano izquierda desde donde parte un carril, y de este, a unos veinte metros, una pequeña senda sin señalizar que recorre el margen izquierdo del río Huéznar. Tras unos metros llegamos al Monumento Natural Cascadas del Huéznar.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Fin de semana en Las Hurdes


Llegamos a Vegas de Coria a las tres de la tarde. El viaje desde Chiclana fue bastante tranquilo. Unas seis horas con parada a descansar en Mérida. 

Vegas de Coria es una alquería (pequeña comunidad rural) del concejo de Muñomoral. No es más que una travesía con casas a ambos lados en donde sólo sobresale el hotel Los Ángeles, donde nos hospedamos.
El hotel es bastante grande (para el pueblo en el que se encuentra) y muy bonito. Decorado de forma muy coqueta y respetando las costumbres y la estética hurdanas.
Cenamos pronto y nos acostamos muy temprano. Había muy poca cosa que hacer en el pueblo.
A la mañana siguiente fuimos a ver el meandro del Melero, un capricho de la naturaleza situado en Riomalo de Abajo. El sendero comienza justo antes de llegar al puente sobre el río Ladrillar. Más de la mitad del sendero está asfaltado, por lo que se puede ir en coche. En realidad, se puede subir en coche hasta el mismo mirador.
El meandro es muy bonito. Digno de ver. Un capricho de la naturaleza que ha labrado el río Alagón en un paisaje típico hurdano para el disfrute y el descanso del viajero.

 Desde allí seguimos camino hasta el pueblo salmantino de La Alberca. A mitad de camino paramos para hacer el sendero que lleva hasta las pinturas rupestres del Canchal de las cabras pintadas. Hay que pararse en el segundo aparcamiento (nosotros, como siempre, nos equivocamos y lo hicimos en el primero). Desde allí, y hasta el Monasterio del Santo Desierto de San José de las Batuecas, el sendero está tarimado y es muy fácil de hacer. A partir de ese momento el camino empieza a hacerse más complicado y ya en el último tramo es bastante difícil.
El estado de las pinturas es deplorable. Las rejas que las protegen llegaron tarde y se ven más las huellas de auténticos vándalos contemporáneos que las de los primeros pobladores de estas tierras.
A pesar de todo, el sendero es digno de hacer.
Después de almorzar (en un merendero situado en la primera parte del sendero) seguimos camino hasta el bonito pueblo de La Alberca. La carretera es de alta montaña, con muchas curvas. Y estrecha, muy estrecha hasta llegar al puerto del Portillo (1.252 metros). Después, la carretera empieza a descender y a hacerse más transitable hasta llegar al pueblo. 
La Alberca es un pueblo precioso. Muy bien conservado y estupendamente ornamentado por sus habitantes. Quizás haya demasiadas tiendas de recuerdos pero eso es el precio que hay que pagar por disfrutar de un enclave tan bonito. Está situado en una zona de incomparable belleza natural y paisajística, la Sierra de Francia. Caminar por sus calles es adentrarse en otra época, si no fuera por la cantidad de visitantes cámara en ristre con los que te vas cruzando por cada callejuela, por cada rincón, en el cauce del río que cruza el pueblo por su extremo oriental. 
  Seguimos por la misma carretera y a siete kilómetros nos encontramos con un pueblecito casi igual de bonito pero sin los inconvenientes del turismo: Mogarraz.  La villa de Mogarraz está declarada Bien de Interés Cultural con categoría de conjunto histórico en 1998, presentando una estructura urbanística de trama típicamente medieval, con calles estrechas y trazado regular.
Llama mucho la atención cómo en cada una de las fachadas cuelgan los rostros de 388 vecinos de los años sesenta desde la fachada de la casa que habitaron.
Se trata de una obra del afamado pintor salmantino natural de Mogarraz Florencio Maíllo, que ha querido colgar por las calles del pueblo un instante del otoño de 1967, cuando un fotógrafo de la villa retrató a todos los habitantes para que tuvieran la foto-carné necesaria para sacarse el DNI. 
 Dejamos para el tercer día los famosos chorros de la Meancera y el de Ovejuela. El primero se encuentra en el pequeño pueblo de El Gasco. Es una imponente cascada de cien metros de altura. El sendero comienza justo en la pequeña plaza del pueblo. Durante la primera parte la subida es muy fácil. Luego se complica un poco, aunque no demasiado. Hay que cruzar el río un par de veces, siempre por sitios accesibles y bien señalizados. Nosotros, como es costumbre, nos equivocamos y llegamos a un tramo donde no se podía seguir. Tuvimos que volver y entonces vimos las señales. Y nos dimos cuenta que era cierto lo que decía la ficha técnica de la ruta. No es nada difícil, aunque un senderos ta Navarro que venía detrás nuestra se cayó y se hizo una brecha en la frente. El pobre no pudo llegar al final.
A la una de la tarde pusimos rumbo a Pinofranqueado, el pueblo donde se encuentra el centro de interpretación de Las Hurdes. Pero no sé si es porque era domingo o porque llegamos a las dos de la tarde, estaba cerrado. Así que seguimos hasta Ovejuela para ver su chorro. Almorzamos en un merendero que hay nada más coger el desvío hacia la derecha. Llegamos al pueblo a eso de las tres y comenzamos el camino. 
Como en el caso anterior, seguimos el itinerario que nos detallaba la página de wikirutas.es, y como en el caso anterior nos equivocamos. Este está algo peor señalizado que el anterior, sobre todo cuando hay que cruzar por primera vez el río sobre las piedras. La última parte también es algo más complicada pero el chorro es precioso. Merece la pena ir.
Tardamos una hora en llegar y otra en volver, contando el tiempo que gastamos admirando la caída del agua.

viernes, 5 de septiembre de 2014

LISBOA POR FIN!!

Lisboa era otra de nuestras asignaturas pendientes. Llevábamos mucho tiempo deseando visitarla porque todo el mundo nos hablaba muy bien de ella. Y por fin este año teníamos la oportunidad.
Nuestro primer error fue entrar en Portugal con el tanque de gasolina casi vacío. No sé por qué pensábamos que el combustible en un país com este estaría más barato, pero de eso nada, costaba casi dieciocho céntimos más caro que aquí en Chiclana (veintitrés más que en mi gasolinera habitual).
Otro error que cometimos fue no coger la autopista. El camino se hizo interminable. Las carreteras nacionales de Portugal están todavía lejos de las nuestras, sin arcén, con demasiadas limitaciones de velocidad y con unos conductores a los que parece encantarles crear caravanas. A treinta kilómetros de Lisboa no pudimos más y claudicamos. Nos ahorramos más de media hora en ese pequeño tramo.
Llegamos a Lisboa a eso de las cuatro de la tarde. Hacía un día espléndido y estábamos deseando aparcar el coche para empezar nuestra visita por la ciudad. Dejamos las maletas en el hotel y nos fuimos a buscar un aparcamiento gratuito donde dejar el coche los cuatro días. Joder con Lisboa. No encontramos ni un solo aparcamiento. Todo de pago. No tuvimos más remedio que contratar el parquing del hotel, ocho euros por día...
No sé si fue por la gasolina o por el aparcamiento, que nuestra primera impresión de Lisboa fue totalmente negativa. Edificios viejos, muchos en ruinas, calles sucias, aceras dífíciles de transitar
...
El hotel Alif es un buen hotel. Nada ruidoso, gente amable, limpio... Lástima que no tuviera frigorífico, si no, hubiese sido excelente. Se dormía estupendamente. Así que, a la mañana siguiente, con otra cara ya, y un plan debajo del brazo, nos echamos a la calle a conocer bien la ciudad. Nos compramos una tarjeta de transporte, la cargamos con seis euros (un día completo) y nos fuimos a conocer el Castillo de San Jorge, del que todo el mundo habla muy bien. Nosotros nos equivocamos. Subimos una escalera con un montón de escalones y ya arriba seguimos las indicaciones hacia la entrada. Costaba trece euros entrar (veintiséis los dos) y decidimos no entrar. No sólo por el dinero, que es una razón importante, sino porque no queríamos estar toda la mañana visitando un castillo que sería igual que los muchos castillos que ya hemos visitado gratis. Nos fuimos a conocer dos barrios antiguos y pintorescos que hay a sus pies: la Mouraria y La Alfama. Las cosas empezaban a mejorar. Ya aquello se acercaba a lo que nosotros esperábamos. Al final llegamos a la Plaza del Comercio, una de las más importantes de Lisboa.
La Plaza se compone de un conjunto de edificios porticados en tres de sus lados y está abierta en el lado sur, mirando al Tajo. En el centro se encuentra la estatua ecuestre de José I y en su parte norte está el Arco da Rua Augusta.
Ya cansados de andar, almorzamos y nos fuimos al hotel a descansar un poco. Por la tarde, cogimos el metro para ver el Parque de las Naciones, zona donde tuvo lugar la Exposición de 1998, hoy centro de ocio. No es demasiado bonito de ver aunque hay cosas interesantes que ver, como  Casino, el Oceanário y el Puente Vasco da Gama, el mayor de Europa. Hay también un centro comercial donde se puede comprar de todo. Nosotros compramos pan en un Continente que hay allí dentro.
A la mañana siguiente fuimos a Belém. Cerca del hotel, en la Avda. de la República, pasa un autobús (el 727) que llega hasta allí. No hay metro hasta esa zona. El viaje es interminable. Pero vale la pena ir. El barrio de Belém es lo más espectacular de Lisboa ya que cuenta con las dos joyas de la ciudad: el Monasterio de los Jerónimos (quince euros por persona) y la Torre de Belém (diez euros). Dicen que los domingos por la mañana algunas de estas visitas son gratuitas.  En Belém también se encuentra el Puente 25 de Abril, el Monumento a los Descubrimientos y algunos museos.
La tarde la reservamos para visitar el barrio de La Baixa, con sus plazas del Rossio y de Figueira, muy ambientadas a esas horas. Y ya que estábamos allí, y el viaje era gratis con el bono diario, nos montamos en el tranvía 27, uno de esos tranvías pequeñitos, antiguos que te dan un paseo por parte de la Lisboa antigua. No estuvo mal. Es simpático.

domingo, 20 de abril de 2014

Fin de semana en Antequera



Llegamos a Antequera a las 10,30 de la noche. El hotel Coso viejo está en la calle de la Encarnación. Es un hotel muy céntrico y encontrar aparcamiento es toda una odisea. Al final tuvimos suerte y encontramos uno en la plazuela que hay delante de la iglesia del Carmen.
Antequera es un pueblo bonito, más grande de lo que esperábamos. pero su centro monumental está muy recogidito y fácil de ver. Empezamos nuestra ruta por la iglesia del Carmen. Desde su mirador se ve con toda claridad la peña de los enamorados, una montañita que simula la cara de un indio mirando hacia arriba. Tiene, como todos los paisajes curiosos una leyenda de amores entre moros y cristianos.

La alcazaba está estupendamente conservada. Como todas se haya enclavada en el punto más alto del pueblo. Llegamos muy temprano y todavía estaba cerrada al público. Por eso decidimos seguir nuestro paseo por el centro histórico. la Real Colegiata, las iglesias de San Sebastián, de Santiago, de Nuestra Señora de los Remedios...
Pero si Antequera es famosa, además de por las iglesias es por sus muy bien conservados restos prehistóricos. Los dólmenes de Viera, Menga (muy cerquitas del centro, tanto que fuimos andando) y el del Romeral (el más grande de los tres pero también el más lejano, a unos tres kilómetros).
La verdad es que emociona entrar en ellos e imaginar que hace 5000 años algunos de nuestros antepasados levantaron estos monumentos para enterrar a sus muertos o para marcar su territorio. El motivo es lo de menos. Es la sensación de formar parte de la Historia lo que te pone los vellos de punta. Encima, la entrada es gratis. Sólo tienes que decir de dónde vienes para no sé qué estudio estadístico. Hay una visita guiada, totalmente gratis, en la que te van explicando todos los pormenores de la construcción.
A la mañana siguiente fuimos a ver El Torcal de Antequera. Nos habían dicho que fuésemos abrigados porque allí siempre hace frío. Pero como había amanecido un día espléndido en Antequera decidimos que no nos iba a hacer falta. Grave error. Menos mal que teníamos en el portaequpajes del coche un par de chubasqueros de plástico que amortiguó un poco esa desagradable sensación.
Al llegar al centro de visitantes un amable belga te explica todo lo que tienes que saber. Que hay dos rutas, una verde,muy fácil y corta, y otra amarilla, más larga y con algunos trozos de difícil acceso. Por supuesto es la más bonita de las dos, pero es complicada para niños o personas mayores.
Si como mi hija, vais buscando la foto más característica del parque, e famoso tornillo, no la busquéis en ninguno de los dos senderos, porque está antes de llegar al centro de visitantes, señalizado por un cartel que reza "Monumento Natural a 150 metros" o algo así.
En el centro de visitantes hay, entre otras dependencias, una sala de interpretación, una tienda y una cafetería. Vamos, para pasar un día completo.
Otro monumento natural de singular belleza es el desfiladero de los Gaitanes, en Álora. Conocido por las gentes de la zona como "el chorro" por la fuerza que tomaban las aguas en tiempos de fuertes lluvias antes de la construcción del embalse que regula las crecidas. Es desfiladero es precioso, pero hay que verlo desde lejos, desde la carretera comarcal que te lleva allí. Apenas hay sitio para hacer una foto. El famoso "camino del Rey" está intransitable y prohibido bajo multa de 6000 euros. Lo de la multa debe ser simbólico, porque no hay forma de llegar hasta él. Pero bueno, te haces la foto para subirla al facebook y ya ha valido la pena el viaje hasta allí. A no ser que te guste la escalada, porque en ese caso tienes la oportunidad de disfrutar a tope.

sábado, 8 de marzo de 2014

POR FIN, VALENCIA

Teníamos ganas de visitar Valencia desde que éramos novios. Por una cosa o por otra, no habíamos podido cumplir nuestro deseo. Por eso, cuando nuestra hija Ana nos regaló el viaje, lo aceptamos con mucha ilusión. Lo único malo eran las ocho horas y pico de viaje.
Llegamos a eso de las tres de la tarde. Nuestro apartamento estaba situado en la calle Francisco Cubells, muy cerca de una parada de metro (por allí todavía era tranvía). No es que estuviera muy bien ataviado
pero sí que era un apartamento muy coqueto y acogedor. Además, su dueño era un hombre muy servicial, que estuvo todo el tiempo intentando que nuestra estancia allí fuese lo más agradable posible.
Ana nos había regalado la tarjeta 48 horas de transporte.Con ella puedes montarte en autobuses, metro o tranvía  durante 48 horas a partir del momento en que la validas por primera vez.
La primera noche tiramos la casa por la ventana y salimos a cenar. No conocíamos nada de Valencia, así que fuimos a lo seguro y preguntamos a nuestro casero dónde podíamos cenar bien y barato. Se equivocó al aconsejarnos, porque fuimos a un restarurante italiano donde los espagueti estaban recocinados y las pizzas eran enormes pero poco sabrosas. Y los precios estaban más relacionados con el tamaño que con el sabor.
La primera mañana amaneció nublada y con un viento muy desagradable. Pensábamos que Cádiz se llevaba la palma en esto de los vientos, pero no, Valencia la supera en este aspecto. Como no estaba el día para fotos al exterior, decidimos adelantar nuestros planes y entrar en el museo de las ciencias.


Alguien nos había dicho que el museo de las ciencias no valía los 8 € que costaba la entrada. Pero ya que estábamos en Valencia teníamos que comprobar si era verdad o no. Y quitando alguna cosa interesante, como el péndulo de Foucault o la sala de gravedad cero, era cierto. Lo más bonito, lo más interesante estaba fuera. Y allí hicimos las mejores fotos. Tuvimos mala suerte con el tiempo y eso estropeó alguna foto, como la del reloj de sol contigo de gnomon no quedan demasiado claras.
Por la tarde fuimos al museo fallero, que está muy cerca del parque de las ciencias. la entrada cuesta dos euros, pero sale gratis si has comprado la tarjeta de transporte 48. Allí pudimos ver todos los ninots indultados desde 1938 hasta la fecha. La evolución de la técnica, los materiales y los gustos se ve con claridad. Allí permiten hacer fotos siempre que no se utilice el flash. Pasamos un buen rato.
Por la noche fuimos al puerto. Es pequeñito y no tiene demasiado atractivo.
El domingo amaneció, por fin, soleado. Y sin viento. Menos mal que habíamos contratado un día más del aparthotel. Si no, nos hubiésemos perdido ver el centro con esa luz que la ha hecho famosa. Cogimos el metro y nos bajamos en Colón. Plano en mano fuimos visitando, uno a uno, todos los edificios que todas las guías recomiendan: desde la Universidad de Valencia hasta el palacio de Benicarló, sede de las cortes valencianas, haciendo paradas en la catedral, la iglesia de san Martín, las torres de Quart y de Serrano y otros edificios dignos de ver.
A las dos menos diez empezamos a ver una multitud que se dirigía hacia la plaza del ayuntamiento. Había mascletá, Nos retrasamos pensando que iba a durar lo mismo que el de la tarde des sábado, que fue aérea y espectacular. Nos equivocamos. Cuando empezamos a oír los petardos decidimos dirigirnos hacia la plaza pero no pudimos llegar. O mejor, llegamos tarde. Y es que sólo dura diez minutos. No se entiende que venga tanta gente para ver algo que dura tan poco. Fue imposible coger el metro de la cantidad de gente que había en nuestra estación. Tuvimos que andar hasta Xátiva para poder montarnos. Llegamos al hotel a eso de las cuatro.
Por la tarde volvimos al Parque de las Ciencias. Como hacía buen tiempo pensamos repetir las fotos que nos hicimos en el reloj de sol. Pero se ve que estábamos gafados porque al llegar el cielo se nubló y no sirvió para nada el esfuerzo. Así que nos volvimos y vimos terminar el partido del Real Madrid contra el Atlético.
Y así, sin darnos casi cuenta, se pasaron los tres días que habíamos destinado a conocer Valencia.  Poco tiempo, es cierto, pero no nos quedaron ganas de seguir allí. Y eso que nos faltaron muchas cosas por ver y conocer. Pero no era lo que esperábamos.

viernes, 7 de marzo de 2014

BAEZA, CASA DE POSTAS

Ana nos regaló por Reyes un viaje que llevábamos mucho tiempo esperando hacer. Un fin de semana en Valencia. Y no lo habíamos hecho hasta ahora porque Valencia está muy lejos de Cádiz. Son ocho horas en coche (y para mí, por lo menos nueve). Así que decidimos elegir un pueblo bonito a mitad de camino para que el viaje no se nos hiciera tan largo y pesado. Y el elegido fue Baeza, por su historia, por su belleza, y porque cuando estuvimos el año anterior, llegamos muy tarde y no pudimos apreciar toda su riqueza.
Llegamos a Baeza más o menos a las doce de la mañana. Hacía frío. Mucho frío. El cielo estaba encapotado y parecía que iba a llover en cualquier momento. El hotel, "la casona del arco", era una preciosa y acogedora casa grande convertida en hotel. La habitación 206 no estaba lista todavía, por lo que tuvimos que darnos un pequeño paseo por el pueblo. Pequeño porque empezó a llover y seguía haciendo mucho frío.
Decidimos volver al hotel y almorzar en el pequeño restaurante del hotel. Su dueña Elvira, nos recomendó que siguiéramos una costumbre típica de estos pueblos de Jaén: tú pides la bebida y ellos te ponen la tapa gratis. No almorzamos demasiado bien, pero empezamos a sentirnos un poco mareados, lo que junto al cansancio del camino nos convenció a echar una pequeña siesta.
Baeza es un pequeño pueblo de apenas 16.000 habitantes, pero ha tenido que tener mucho peso en la Historia porque tiene edificios que no son corrientes en pueblos de este tipo, Catedral, Universidad... Había que salir a dar cuenta de ellos. Cogimos la cámara, pusimos el balance de blancos en nublado y salimos, bien pertrechados, porque seguía haciendo frío, a descubrir rincones ... Lo primero que hiciemos fue no entrar en la Catedral. La recepcionista del hotel nos había recomendado su visita, porque "hay una custodia que no se pueden perder", pero la entrada costaba 8 euros, y nosotros tenemos la costumbre de no pagar para entrar en las Iglesias, por muy bonitas que sean. Ya veríamos su foto en internet.
Y lo cierto es que no la echamos de menos. Pasear por las calles empedradas de Baeza es todo un placer. Alrededor de la Catedral hay una serie de calles antiguas, muy bien conservadas, que te daban la sensación de estar viviendo en otra época. Sobre todo cuando se hizo de noche y encendieron unas luces aramillas, parecidas a las que dan, a las que daban las farolas pre-Edison. Pero hacía tanto frío que...
Baeza es un pueblo que vive un poco alrededor de la figura de Antonio Machado. No es que no tenga otros atractivos, que los tiene. Pero el poeta sevillano ha dejado su impronta en la ciudad.Todavía se conserva el aula en la que enseñó Gramática Francesa desde 1912 hasta 1917. Es un aula pequeña, con apenas diez pupitres dobles. No debía de haber demasiados estudiantes en aquella época en los Institutos.
Sólo estuvimos en Baeza un día.Íbamos de camino a Valencia y la tomamos como casa de postas. Pero nos quedamos con ganas de más. Porque es de esos pueblos en los que todo es agradable. Las calles, los edificios, sus gentes... Seguramente volveremos de nuevo.